No te veo, pero percibo el leve flujo de tus huellas. Apareces con ese pack de fragancias que circundan tu cuello, con el calor que desprenden esos labios tan expertos en mi insomnio. Llegas con tus solemnidades echadas a la espalda e invades mi desnudez transformándote en sombras que se difuminan geométricamente.
Te acercas. Me miras. Pronuncias mi nombre.
Y justo antes de que el tiempo se detenga durante los años contenidos en ese instante, fluyes, zigzagueas y desembocas. Te expandes.
Y te haces carne.
Y me vuelves noche.

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