Ya en el coche, de regreso a casa, observé tu abstraído semblante, tu mirada indolente. Con asombrosa serenidad, tu mano izquierda sostenía el papel con membrete del hospital donde podía leerse aquél devastador 'positivo' bajo tu nombre.
Al caer la tarde, cuando los últimos rayos del sol se cernían, imposibles, sobre el tejado, escuché aquél estruendo seco. Corrí hasta el dormitorio y empujé la puerta interrogando tu nombre, lo hice con la lentitud y el miedo de quien teme enfrentarse al horror.
Tendida sobre la cama, tu mano derecha aún sujetaba el revólver con firmeza, mientras que la izquierda sostenía una nota donde me pareció leer la palabra 'amor'. Un mechón de pelo sanguinolento caía sobre tu frente, al tiempo que el cañón humeante y tu boca, tantas veces mía, exhalaban un último suspiro.
Al caer la tarde, cuando los últimos rayos del sol se cernían, imposibles, sobre el tejado, escuché aquél estruendo seco. Corrí hasta el dormitorio y empujé la puerta interrogando tu nombre, lo hice con la lentitud y el miedo de quien teme enfrentarse al horror.
Tendida sobre la cama, tu mano derecha aún sujetaba el revólver con firmeza, mientras que la izquierda sostenía una nota donde me pareció leer la palabra 'amor'. Un mechón de pelo sanguinolento caía sobre tu frente, al tiempo que el cañón humeante y tu boca, tantas veces mía, exhalaban un último suspiro.
Justo antes de que una brutal hipotensión me estampara de bruces contra el suelo, recuerdo haber deseado que el tambor contuviera, al menos, otra bala.

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